Relato – CUESTIÓN DE AUTORIDAD

He animado a mis compañeros y conocidos a pasarme contenido que quieran publicar en el blog y en esta entrada os traigo un relato de un buen amigo mío, al que llamaremos Pepe. Después de una enconada trifulca en Mordheim que enfrentó a sus orcos contra unos mercenarios marienburgueses sucedió lo siguiente:

Cuestión de autoridad

Gnars Piñozduroz observó a cada uno de los de su banda con algo que – aunque remotamente – se podría llamar “sentimiento”, de otro algo que – también remotamente- podría asimilarse a “orgullo”. Pues era bien cierto que, entre todos y a pesar del caos y la descoordinación habituales, habían podido repeler a aquella banda de marienburgueses, que arrastrados por su codicia habían penetrado imprudentemente en el territorio de Gnars. No obstante, había un miembro de su banda para el que aquel “sentimiento de orgullo” no se acomodaba en la mente primitiva del jefe orco. Más bien todo lo contrario: por un instante, aquel maldito y viejo shaman le había hecho sentir empequeñecido y apocado.

A pesar de que el garrote ectoplasmático que había blandido el hechicero de la nada para derribar al ogro a sueldo de los marienburgueses había allanado el camino hacia la victoria, una envidia corrosiva e insana se había apoderado de Gnars y no le dejaba en paz. Y si algo había aprendido en su breve y violenta trayectoria como jefe de una banda, era que no podía permitir que nadie le hiciera sombra, ni aunque fuera por un instante. Ni aunque fuera por un hecho que, como en aquel caso, había jugado a su favor. Pues aquel descomunal garrote mágico había hecho sentir que su propia arma, la ruda y herrumbrosa hacha que había robado al anterior jefe de su tribu cuando lo asesinó para lograr el poder, no daba la talla. Y eso no podía volver a suceder.

– Habla, viejo, ¿ke ha zido ezo que te haz zacado para tumbar al ogro? – dijo en un tono amenazador, mientras rodeaba al shaman y lentamente acariciaba el mango su hacha. Todos los demás observaban expectantes, en un insólito momento de silencio de aquel hatajo de descerebrados.- La Tranka de Morko – susurró el hechicero con solemnidad, sin apenas mover los labios ni levantar los ojos medio ocultos por su raída capucha.

Una explosión de risotadas brotó de los tres goblins nocturnos que se revolvían por el suelo aguantándose las tripas. Los tres garrapatos a su cargo empezaron a babear y a mordisquearse los traseros entre ellos, presos de gran excitación. Incluso el impenetrable rostro del campeón orco negro se transmutó en una mueca inédita acompañada de una cavernosa risa sorda. Sólo el troll permanecía inmóvil, observando un cadáver que colgaba de un poste, mientras babeaba preso de su propia estupidez. Gnars hervía de furia. Aquello era intolerable y no lo iba a dejar durar ni un instante más. Desde su posición a la espalda del shamán descargó todo el peso de la hoja plana de su hacha en el cráneo desprotegido del hechicero. Éste se desplomó en el acto, inconsciente.

– Kambiale el nombre a tu konjuro, imbézil – escupió hacia el bulto inmóvil del shaman, como si éste pudiera aún escucharlo. Aquella mezquina venganza le hizo sentir bien por un momento. Las risas y la excitación del resto de la banda cesaron de inmediato. Había sido un buen golpe encima de la mesa, pensó Gnars. Había quedado claro en esta banda quién la tenía más grande – la autoridad.

Pepe no solo es un relatista detallista, también es un manchador de figuritas con una habilidad que escapa a la comprensión y capacidad de sus raices orcas. Dejo por aquí una foto de su banda en toda su verde infamia:

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